El poder de curar todas las enfermedades se encuentra en
el Evangelio del agua y el Espíritu
< Mateo 10, 1-16 >
«Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio
poder sobre los espíritus impuros para arrojarlos y para curar
toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles
son éstos: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano;
Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé,
Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el de Alfeo, y Tadeo; Simón,
el celador, y Judas Iscariote, el que le traicionó. A estos doce
los envió Jesús haciéndoles las siguientes recomendaciones: No
vayáis a os entiles ni penetréis en ciudad de samaritanos; id
más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel, y en vuestro
camino predicad diciendo: El reino de Dios se acerca. Curad a
los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos,
arrojad a los demonios; gratis lo recibís, dadlo gratis. No os
procuréis oro, ni plata, ni cobre para vuestros cintos, ni alforja
para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque
el obrero es acreedor a su sustento. En cualquiera ciudad o aldea
en que entréis, informaos de quién hay en ella digno y quedaos
allí hasta que partáis, y entrando en la casa, saludadla. Si la
casa fuere digna, venga sobre ella vuestra paz; si no lo fuere,
vuestra paz vuelva a vosotros. Si no os reciben o no escuchan
vuestras palabras, saliendo de aquella casa o de aquella ciudad,
sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que más tolerable
suerte tendrá la tierra de Sodoma y Gomorra en el día del juicio
que aquella ciudad. Os envío como ovejas en medio de lobos; sed,
pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas».
Nuestro Señor nos ha dado el poder de curar
todas las enfermedades
Nuestro Señor dio a sus discípulos el poder de curar
todo tipo de enfermedades. Esto nos hace preguntarnos por qué
los siervos fieles de Dios no practican este poder milagroso hoy
en día. El Señor no sólo dio estas habilidades a los discípulos
de los comienzos de la Iglesia. Si nuestro Dios es el Dios de
la verdad, estas habilidades deberían manifestarse en sus siervos
actuales. Es verdad que, durante la era Apostólica, estos dones
eran ejercidos por todos los discípulos de Jesús. Lo curioso es
que esto no parece manifestarse hoy en día; ¿por qué nosotros,
los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, no parecemos
tener este poder? Vamos a aclarar esta cuestión mediante la Verdad
del Evangelio del agua y el Espíritu.
Primero voy a enumerar una serie de preguntas clave
para motivar nuestra indagación. ¿Por qué hoy en día los discípulos
de Jesús no parecen tener el poder de curar que nuestros padres
de la fe tenían en la era Apostólica? ¿Se debe a que los discípulos
de hoy en día no han recibido este poder de curar? ¿O se debe
a que no rezan lo suficiente? ¿Hay alguna diferencia entre los
antiguos siervos de Dios y los siervos actuales? Si es así, ¿cuáles
son las diferencias? ¿Por qué no podemos practicar el poder de
Dios que se manifestó en los comienzos de la Iglesia? Acercándonos
a estas cuestiones a la luz del Evangelio del agua y el Espíritu,
examinemos en detalle estas preguntas para encontrar respuestas
claras. Estas preguntas persistentes pueden resolverse con claridad
cuando las resolvemos con la fe que cree en el Evangelio del agua
y el Espíritu.
Antes de sumergirnos en la discusión, hay una cosa
que debemos hacer: debemos aclarar nuestras ideas aplicando nuestra
fe en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
Lo primero que debemos hacer es darnos cuenta de
que si Jesucristo, el Hijo de Dios, no hubiera venido al mundo
y no hubiera hecho estos milagros, nadie le hubiera reconocido
como Hijo de Dios, ni como el Salvador. Los milagros y señales
que Jesús hizo sirvieron para demostrar Su divinidad, para que
la gente de Su tiempo, incluidos Sus discípulos y seguidores,
pudieran reconocerle como Dios mismo (Juan 2, 11). Este es un
punto que todos debemos entender con precisión. Si Jesús no hubiera
hecho estos milagros y señales, hasta Sus propios discípulos de
la era Apostólica hubieran tenido problemas para creer en Él como
el Hijo de Dios y el Salvador.
¿Y qué ocurre con el poder de los discípulos? Podemos
aplicar la misma lógica: estos milagros y señales debían ser vistos
por la gente en los comienzos de la Iglesia porque sin ellos la
gente no hubiera reconocido a Jesús como Hijo de Dios.
Entonces se pueden preguntar: si los Apóstoles tenían
el poder de curar a los enfermos, ¿no deberíamos los cristianos
tener este poder de curar las enfermedades físicas? Debemos darnos
cuenta de que el poder de Dios se manifestó de manera diferente
en los comienzos de la Iglesia. Se dio a los discípulos de Jesús
de una manera distinta a la que se nos da a nosotros ahora. Los
milagros se perpetraban en los comienzos de la Iglesia como señales
para que la gente viera el poder del Evangelio y creyera en él.
Pero esto ya no es necesario en nuestra era porque
los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, con su fe
y su poder, pueden revelar la Verdad de la salvación a los demás
sin este tipo de ayuda. En otras palabras, aunque no podamos andar
sobre las aguas o hacer andar a un paralítico como hizo Pedro,
curamos las enfermedades espirituales de la gente de hoy en día,
lo que era el objetivo principal del poder milagroso. Por tanto
no hay nada raro en el hecho de que estos milagros y estas señales
de los comienzos de la Iglesia no se lleven a cabo en la Iglesia
actual.
La clave para contestar nuestras preguntas es darse
cuenta de que a través del poder de los que creen en el Evangelio
del agua y el Espíritu Dios cura las enfermedades de hoy en día.
Dios ha dado a la gente de fe que cree en el Evangelio del agua
y el Espíritu el poder de curar la enfermedad del pecado. Al darnos
esta fe que cree en el verdadero Evangelio, el Señor nos ha permitido
curar la enfermedad del pecado. Debemos darnos cuenta que el poder
de curar enfermedades físicas no era la única manera en que los
discípulos de Jesús ejercitaban su fe en los comienzos de la Iglesia.
Debemos saber que los milagros que perpetraban los Apóstoles estaban
destinados a predicar el Evangelio de la remisión de los pecados
(Hecho de los Apóstoles 2, 6; 38; 3, 19). Debemos darnos cuenta
de que hoy en día nuestro Señor nos ha dado el poder de curar
a otros de la enfermedad de sus pecados, de hacer Sus milagros
y ejercitar Su poder, todo gracias a nuestra fe en el Evangelio
del agua y el Espíritu. Nuestros Señor nos ha dado todas estas
habilidades y estas se encuentran en la Verdad del Evangelio del
agua y el Espíritu.
En Mateo 10, 7 nuestros Señor dijo: «Y en vuestro
camino predicad diciendo: El reino de Dios se acerca». Debemos
darnos cuenta de que el Reino de los Cielos ha llegado ya a los
corazones de los que creen en el poder del Evangelio del agua
y el Espíritu, y que por la fe todos debemos predicar este Evangelio
del agua y el Espíritu. El Reino de Dios se actualiza en la tierra
porque la enfermedad del pecado se cura a través del poder de
la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Por tanto los evangelistas
de hoy en día tenemos que predicar que el Reino de Dios está cerca,
haciendo llegar este poder del Evangelio del agua y el Espíritu
a las almas perdidas. Del mismo modo en que los discípulos de
Jesús curaron las enfermedades de la carne y predicaron el Evangelio
del Reino en los comienzos de la Iglesia, hoy en día, todos debemos
curar a los que sufren enfermedades espirituales por sus pecados
con la fe en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
La verdad que debemos conocer es hacer la obra
de Dios
Nuestro Señor reunió a Sus doce discípulos y les
dio el poder de curar todas las enfermedades, y del mismo modo
ha permitido a los creyentes de hoy en día ejercitar este poder
mediante el Evangelio del agua y el Espíritu. Lo que debemos saber
es que mientras había una gran necesidad de curar las enfermedades
de la carne durante los comienzos de la Iglesia, la situación
de hoy en día es diferente: para los corazones de la gente de
hoy en día, la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu que
cura la enfermedad del pecado es más urgente que cualquier otro
poder que cure las enfermedades físicas.
Nuestra era es la era en la que todo el mundo puede
ser curado de la enfermedad del pecado creyendo en el Evangelio
del agua y el Espíritu. Esto es lo que los que creemos en el verdadero
Evangelio hemos estado practicando al predicar su poder por todo
el mundo. Hay una gran necesidad hoy en día de tener esta fe que
cura a todos lo que están dispuestos a escuchar el Evangelio y
creer en él.
Si nos dedicásemos sólo al ministerio de la curación,
no podríamos obedecer la Gran Comisión que el Señor le ha dado
a Su Iglesia, porque todos nos estarían pidiendo que curásemos
sus enfermedades físicas. Este ministerio de curación no es lo
que cumple la voluntad de Dios Padre en el Cielo. Como se suele
decir: «Dios se olvida cuando no hay peligro»; si sólo curásemos
las enfermedades de la carne, la gente se acercaría a Jesús. Pero
como el dicho popular bien ilustra, una vez fueran curados, le
dejarían. Tampoco prestarían atención a lo que realmente importa,
sin prestar atención a la obra de nuestro Señor que ha curado
las enfermedades de sus almas. De hecho entre los que buscan solución
al problema de la carne al creer en Jesús como su Salvador, pocos
intentan resolver el problema de sus almas que es más urgente,
es decir, el problema de sus pecados y de la remisión de estos
pecados.
Mucha gente cree que es extraño que los que creen
en el Evangelio del agua y el Espíritu no curen las enfermedades
de la carne. Lo que debemos reconocer es que al darnos la fe en
el poder del Evangelio del agua y el Espíritu, el Señor nos ha
permitido limpiar los pecados de la humanidad. ¿Por qué cree la
gente en Jesús como su Salvador? ¿Sólo para ser curados de sus
enfermedades físicas? ¡No! La razón por la que tienen que creer
en Él es resolver el problema del pecado, y para conseguirlo deben
creer en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu sin falta.
Deben darle más importancia a esta tarea de resolver el problema
de los pecados del alma que a curar las enfermedades de la carne.
Nuestro Señor nos dijo que estuviésemos siempre
gozosos. Cuando dijo esto, quiso decir que debemos estar contentos
por la remisión de los pecados que nuestras almas han recibido.
Debemos reconocer que en esta era Dios ha permitido a los que
creen en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu limpiar
las iniquidades de los pecadores y hacer la voluntad de Dios.
El nos ha llamado a los que creemos en el poder del Evangelio
del agua y el Espíritu.
Mientras que el poder de curación de los Apóstoles
se manifestó en los cuerpos de los enfermos en los comienzos de
la Iglesia, en la época actual este poder se manifiesta en el
Evangelio del agua y el Espíritu que cura la enfermedad del pecado
de todas las almas. Así que la diferencia entre la época de los
comienzos de la Iglesia y la época actual es que en la época actual
no se curan las enfermedades del cuerpo, sino la enfermedad del
alma. Sin embargo estamos hablando del mismo poder. En aquellos
días el poder de Dios se manifestaba a través de los cuerpos de
la gente, pero hoy en día se manifiesta en la remisión de los
pecados para aquellos que creen en el Evangelio del agua y el
Espíritu. Durante los comienzos de la Iglesia, para demostrar
que Jesucristo era el Hijo de Dios, era necesario que los Apóstoles
demostraran este poder para que la gente lo viera con sus propios
ojos. Pero en la época actual el poder de Dios se revela a través
del Evangelio del agua y el Espíritu que limpia los pecados de
todo el mundo y a través de la predicación de este Evangelio.
En otras palabras, los que creen en el Evangelio del agua y el
Espíritu tienen el poder de limpiar los pecados de la humanidad.
Al cargar Jesús con todos los pecados del mundo
tras ser bautizado por Juan el Bautista, al morir en la Cruz,
levantarse de entre los muertos y darnos la remisión de los pecados
a los que creemos en esto, el poder de Dios se revela espiritualmente.
Por tanto estamos más agradecidos. Ustedes y yo, los que hemos
nacido de nuevo del agua y del Espíritu, podemos curar, con la
fe en este poder del Evangelio, las almas de los pecados que mueren
por causa de sus pecados. Dios nos ha dado a los que creen en
el Evangelio del agua y el Espíritu el poder de curar la enfermedad
del pecado.
El Evangelio de vida de Dios
Les voy a contar un testimonio sobre una mujer que
fue curada de una enfermedad del corazón que la había atormentado
por el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
Esto ocurrió cuando nuestros estudiantes de la Mission
School fueron a un hospital para dar testimonio de Jesús.
Allí, en una habitación del tercer piso, conocieron a una mujer
que estaba hospitalizada. Compartía la habitación con otros pacientes,
y lloraba día y noche. Así que nuestros estudiantes le preguntaron
por qué lloraba tanto y entonces ella les rogó que no la enviaran
al cuarto piso donde estaba el pabellón psiquiátrico. Así que
escucharon su historia.
Esta mujer había sido hospitalizada en el pabellón
psiquiátrico y por lo que parece recibir tratamiento psiquiátrico
era demasiado deprimente para ella, y por eso lloraba día y noche.
Su médico le dijo que haría cualquier cosa por ella si dejaba
de llorar y ella le pidió que la mandara al tercer piso donde
estaban los pacientes de medicina general. Pero esta mujer, después
de haber sido trasladada al tercer piso siguió llorando. Al oír
esto, uno de los estudiantes empezó a rezar por ella y antes de
irse le dejo un libro de sermones titulado «Recibe la remisión
de tus pecados».
Pero entonces ocurrió algo inesperado: cuando la
mujer empezó a leer este libro, paró de llorar. Al creer en el
poder del Evangelio del agua y el Espíritu, esta mujer fue salvada
de todos sus pecados de manera que no quedaba ni uno solo. Fue
librada de sus pecados. Y al recibir la remisión de sus pecados
pudo vivir una vida sana y productiva, dando gracias a Dios siempre
por Su abundante gracia que la salvó y la curó de todos sus pecados
y enfermedades.
Así se cumplió en ella lo dicho en Salmos 103, 2-3.
«¡Bendice, alma mía, a Yavé
y no olvides ninguno de sus favores!
El perdona todas tus faltas
y sana todas tus dolencias».
Como ilustra esta historia, nuestra época es la
época de la gracia en la que todos pueden ser salvados de sus
pecados al escuchar y creer en el poder del Evangelio del agua
y el Espíritu. Debemos darnos cuenta de que si hemos sido incapaces
de limpiar nuestros pecados por no reconocer este poder del Evangelio
del agua y el Espíritu y no creer en él, habremos perdido la única
oportunidad de ser perdonados por nuestros pecados. Pero en el
cristianismo de hoy en día hay bastantes creyentes que intenten
curar sólo las enfermedades de la carne y necesitan darse cuenta
de que lo que hacen es contrario a la voluntad de Dios.
Nuestro Señor nos ha dado el poder de limpiar los
pecados de la gente mediante el poder del Evangelio del agua y
el Espíritu. Sería maravilloso si pudiésemos curar tanto las enfermedades
del cuerpo como las del alma, pero como lo primero está fuera
de nuestro alcance en esta época, debemos hacer lo último, es
decir, concentrarnos en nuestra habilidad de curar la enfermedad
del pecado. Esta es la manera de cumplir la voluntad de Dios.
Si pudiéramos ejercer el poder sobrenatural de Dios y curar a
la gente de sus enfermedades de la carne, atraeríamos a las multitudes,
pero debemos entender que esto no ayuda a cumplir la voluntad
de Dios, que es limpiar los pecados de la gente.
La razón por la que nuestro Señor les dio el poder
de hacer milagros y señales a Sus discípulos y a los santos de
los comienzos de la Iglesia es que muchos creerían en Jesús como
Hijo de Dios y el Salvador. El objetivo principal de todos esos
milagros era que todos los pecadores creyeran en el Evangelio
del agua y el Espíritu y fueran librados de sus pecados para convertirse
en hijos de Dios.
En esta época la medicina está muy avanzada. Dios
ha dado a la humanidad estas facultades médicas tan avanzadas
para que trataran y curaran sus enfermedades de la carne y por
eso debemos dejar que los expertos en medicina y los profesionales
se ocupen de las enfermedades físicas. Por tanto nuestra tarea
como cristianos de esta época no es la de curar enfermedades de
la carne, sino curar las enfermedades del alma, y para ellos debemos
utilizar todos nuestros recursos. Dicho de otra manera, debemos
predicar el poder del Evangelio del agua y el Espíritu que contiene
la justicia de Dios. Si hay gente en esta era que es pobre en
espíritu, que tiene sed de la verdadera remisión de los pecados
y que busca a Dios para ser revestida del poder del Evangelio
del agua y el Espíritu, Dios les permitirá conocer este poder
del Evangelio del agua y el Espíritu, creer en él y ser curados
de sus pecados.
Pero si la gente sólo quiere ser curada de sus enfermedades
de la carne, al final el poder del Evangelio del agua y el Espíritu
estará fuera de su alcance. Si ustedes y yo no creemos en el Evangelio
del agua y el Espíritu hasta el final, no podremos limpiar los
pecados de nuestras almas. Quien hace esto, está cometiendo el
pecado de la blasfemia.
Aunque hay muchos cristianos proclamas a voz en
grito que creen en Jesús como su Salvador, muchos de ellos no
buscan el Evangelio que limpia sus pecados, sino sus propios deseos
carnales, y atrapados por Satanás, acaban siendo devorados por
él. A pesar de profesar su fe en Jesús como su Salvador, toda
su fe es en vano porque han malentendido completamente la voluntad
de Dios (Mateo 7, 21-23). Por eso muchos cristianos de hoy en
día, al no comprender bien la voluntad de Dios, buscan compulsivamente
el poder de curar, buscando hacer milagros y señales. Pero ante
Dios esta fe es en vano y completamente inútil. Esta clase de
fe se encuentra en cualquier religión del mundo.
Los que tienen la verdadera fe en Dios pueden vencer
las obras de Satanás creyendo en el poder de la Verdad, el Evangelio
del agua y el Espíritu, y pueden limpiar los pecados de los demás
con la Palabra de Verdad. Pero si tuvieran que dedicar sus esfuerzos
a curar las enfermedades de la carne, ¿qué beneficio puede aportar
a sus almas y a las almas de los demás? No les aportaría ningún
beneficio. Lo que es verdaderamente importante es curar la enfermedad
del pecado en el corazón, ayudar a otros para que acepten el Evangelio
del agua y el Espíritu en sus corazones y Dios les libre de sus
pecados.
Muchas veces el Diablo engaña a mucha gente dándoles
el poder de curar enfermedades de la carne a los que no conocen
el poder del Evangelio del agua y el Espíritu. 2 Tesalonicenses
2, 9-10 explica claramente que Satanás engaña a la gente con falsos
milagros y señales. Ustedes mismos pueden ir a uno de estos falsos
profetas que dicen que pueden curar las enfermedades físicas y
poner a prueba sus poderes. Y entonces podrán ver por ustedes
mismos si son reales o no. ¿Serán curados de sus enfermedades?
Puede que se encuentren curados por unos instantes, pero luego
se darán cuenta de que no habían sido curados.
Tampoco serán curados de sus pecados de esta manera
porque en nuestra época, como también sucedía en los comienzos
de la Iglesia, sólo se pueden borrar los pecados de los corazones
mediante el poder del Evangelio del agua y el Espíritu. Dios nos
ha asegurado que nadie será librado de sus pecados a no ser que
tenga le fe que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu. Por
tanto los que no creen en la Palabra del Evangelio del agua y
el Espíritu no pueden recibir la remisión de los pecados.
Sin embargo, incluso ahora mismo, hay quien afirma
poder curar las enfermedades de la carne, hacer milagros y señales
engañosas por todo el mundo. Esta gente se ha convertido en siervos
de Satanás y todo lo que intentan hacer es robar almas y sus posesiones
materiales. Imponen sus manos en los pobres y descarriados seguidores
y fingen rezar por ellos, pero en realidad sólo persiguen motivos
ocultos, que son robar almas y robar sus bolsillos. ¿Cuánta gente
en este mundo ha sido engañada por ellos? Lo que debemos recordar
es que no sólo los mentirosos serán juzgados por Dios, sino también
aquellos a quienes engañan, porque Dios los tratará con igualdad.
Los que engañan y los engañados, todos acabarán en el infierno.
Los siervos de Satanás
Como Jesús dijo en Mateo 7, 21-23, cuando el Día
del Juicio venga muchos cristianos dirán que han expulsado a muchos
demonios y hecho muchos milagros en Su nombre, pero nuestro Señor
no aprobará ni reconocerá las obras de esta gente. Al contrario,
El dijo que los reprendería y los echaría de Su presencia por
haber practicado la iniquidad. Los que quieren curar las enfermedades
de la carne en el nombre del Señor, y los que intentan ejercer
este poder, no tienen ningún interés en la fe verdadera, es decir
la fe que cree en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu
que Dios nos ha dado. Todos y cada uno de ellos no hace más que
practicar la iniquidad ante Dios.
¿Qué es la iniquidad ante Dios? Es ignorar el Evangelio
del agua y el Espíritu y no creer en él. Esta gente que practica
la iniquidad vive la fe en vano, intentando curar sólo las enfermedades
de la carne en el nombre de Jesucristo. Pero cualquiera que no
pueda limpiar sus pecados porque no cree en el poder del Evangelio
del agua y el Espíritu comete el mayor pecado ante Dios: la blasfemia
que rechaza Su amor.
Lo que debemos hacer es dar gloria a Dios y lo podemos
hacer al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, y así ser
salvados de nuestros pecados de una vez por todas y convertirnos
en hijos de Dios. Lo correcto es que dediquemos el resto de nuestras
vidas a Dios y a vivir para difundir el Evangelio. Curar las enfermedades
de la carne, hablar en lenguas, ver visiones o afirmar tener el
mismo poder sobrenatural de los Apóstoles en los comienzos de
la Iglesia, indica que se tiene una fe falsa que es errónea ante
Dios. Ser fiel a esta fe es haber sido engañado por los planes
malignos de Satanás y convertirse en sus siervos.
Tenemos muchos compañeros en Cristo por todo el
mundo. Uno de ellos nos dijo hace poco que el pastor de su iglesia
propuso enseñar a la congregación a hablar en lenguas, pidiéndoles
que siguieran sus órdenes y que le imitaran. Así que este hombre
que había leído nuestros libros y sabía que esa fe sólo perseguía
hablar en lenguas artificiales y curar las enfermedades y que
por tanto era falsa, así que no tuvo más remedio que abandonar
esa iglesia. Hizo lo correcto porque es incorrecto que los cristianos
busquen sólo poderes sobrenaturales. El objetivo de nuestra fe
cristiana no es hablar en lengua ni curar las enfermedades de
la carne, ni ver visiones y oír la voz de Dios en sueños, sino
limpiar todos nuestros pecados y conseguir la salvación.
Cuando damos testimonio a la gente acerca del poder
del Evangelio del agua y el Espíritu, nos encontramos con gente
que está poseída por demonios. Esta gente rechaza el poder del
Evangelio del agua y el Espíritu y no cree en él. ¿Cuándo hacen
todo esto? Casi siempre rechazan escuchar la Palabra del Evangelio
cuando se les habla del pasaje de Mateo 3, sobre el bautismo que
Jesús recibió de Juan el Bautista. Podemos ver que el Diablo confunde
sus mentes y les incita a levantarse contra el Evangelio del agua
y el Espíritu.
Parece imposible que esta gente acepte la Palabra
del Evangelio de poder en sus corazones, por mucho que lo prediquemos.
Sin embargo, por muy obstinadamente que se levanten contra el
Evangelio verdadero, no podemos dejar de dar testimonio de Jesús.
Es más, debemos predicar el Evangelio con más fuerza creyendo
en el poder invencible del Evangelio del agua y el Espíritu. Si
insistimos y tenemos paciencia, algunos de ellos creerán en el
poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
Nuestro primer intento no es suficiente para suscitar
su respuesta. Pero si fracasamos la primera vez, debemos intentarlo
por segunda vez, y si fallamos la segunda vez, debemos intentarlo
una tercera vez, y una vez y otra hasta que lleguen a creer en
el verdadero Evangelio. Cuando alguien entiende este Evangelio
de poder, Satanás no puede volver a gobernarle y en cuanto nace
de nuevo, el Diablo se ve obligado a dejarle en paz, porque no
puede estar con nadie que crea en el poder del Evangelio del agua
y el Espíritu.
Así que cuando los que predican el Evangelio del
agua y el Espíritu se levantan contra Satanás en el nombre de
Jesucristo y continúan difundiendo el Evangelio, Satanás tiene
que huir y las almas quedan libres de pecado. Mientras la gente
entienda y crea en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu,
desde ese mismo instante, Satanás pierde toda su fuerza. Pero
si no aceptan el Evangelio de Dios hasta el final, no podrán escapar
de la trampa de Satanás. Los que no están interesados en ser perdonados
por sus pecados acaban rechazando la remisión de los pecados que
el Señor les ha dado gratis.
A veces parece que la gente ha sido curada de sus
enfermedades a través de su fe carismática, pero más tarde quedan
presa de su situación. La Biblia dice: «Cuando un espíritu
impuro sale de un hombre, recorre los lugares áridos buscando
reposo, y no hallándolo, se dice: Volveré a la casa de donde salí;
y viniendo, la encuentra barrida y aderezada. Entonces va y toma
otros siete espíritus peores que él, y entrando, habitan allí,
y vienen a ser las postrimerías de aquel hombre peores que los
principios» (Lucas 11, 24-26).
Esta gente son pobres almas esclavizadas bajo el
yugo de Satanás y a pesar de ello se ríen de los que escuchan
la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu y creen en él.
Nos dice: «Seguid soñando. ¿Creéis que voy a escuchar lo que me
estáis contando? Sois unos bufones estúpidos». Esto se debe a
que en los corazones de esta gente que no ha recibido la remisión
de los pecados hay malos espíritus que los gobiernan.
Mis queridos hermanos, si quieren ser librados de
sus pecados por Dios, deben creer en la Palabra del Evangelio
del agua y el Espíritu. Y si quieren creer en el poder de este
Evangelio del agua y el Espíritu y convertirse en hijos Dios,
deben luchar contra los malos pensamientos que hay en sus mentes,
vencerlos y someterse a Dios. Deben luchar su propia batalla espiritual;
sólo ustedes mismos pueden llevarla a cabo. Luchas contra los
malos espíritus es su tarea. Sólo entonces podrán evitar acabar
como siervos de Satanás, ser librados de su trampa y convertirse
en el pueblo de Dios. Pero los que están poseídos por Satanás
no luchan contra sus mentes malvadas ni se someten a Dios. Por
tanto acaban volviéndose contra Dios. Puede que no deseen levantarse
contra Dios, pero están influenciados por los planes malvados
de Satanás y por eso sus corazones se endurecen ante Dios, rechazando
Su Palabra y levantándose contra Él. Con razón, debemos vencer
los malos pensamientos que Satanás ha causado y obedecer la Verdad
del Evangelio del agua y el Espíritu, que no es otra que la voluntad
de Dios.
En los corazones de los que han recibido la remisión
de los pecados se encuentra el Espíritu Santo, pero en los corazones
de los que no la han recibido sólo hay pecado y rebeldía contra
Dios. Así que si uno está poseído por Satanás o no depende enteramente
de si cree o no en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
Por eso cuando nuestro Señor habló sobre las bienaventuranzas,
habló de los que lloran: «Bienaventurados los que lloran, porque
serán consolados». Debemos llorar por la desobediencia a la
voluntad de Dios y por no ser capaces de someternos a ella. Nuestro
Señor dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu porque
de ellos es el reino de los cielos». Nuestros corazones deben
tener sed de la Palabra de Dios y quieren conocer Su Verdad del
Evangelio del agua y el Espíritu, y si de verdad lo queremos,
debemos rebelarnos contra Satanás. Como Satanás rechaza la Palabra
del Evangelio del agua y el Espíritu, la gente debe tener una
fe más fuerte en el Evangelio del agua y el Espíritu. Cuando tengan
la oportunidad de escuchar la Palabra del Evangelio del agua y
el Espíritu, deben creer en ella.
Debemos rebelarnos contra Satanás positivamente.
Entonces podremos creer en la Palabra del Evangelio del agua y
el Espíritu ante Dios. Pero cuando alguien no rechaza a los malos
espíritus, aunque un hombre espiritual venga y predique el poder
del Evangelio del agua y el Espíritu, todos sus esfuerzos son
en vano. Por eso obedece más a las palabras de Satanás que a la
Palabra de Dios. Esto nos explica por qué los corazones de la
gente reaccionan contra el poder del Evangelio del agua y el Espíritu
y lo rechazan, mientras que otros lo aceptan de todo corazón.
Por tanto uno debe rechazar a los malos espíritus y preparar su
corazón para aceptar la Palabra de Dios como la verdad absoluta.
Dios ha dado libre albedrío a todos los hombres para tomar la
decisión de recibir o no la Palabra de Dios, dándole el derecho
de tomar esta decisión.
Lo que debemos hacer es aceptar la Palabra del Evangelio
del agua y el Espíritu, creer en este Evangelio de poder y recibir
la remisión de nuestros pecados. Esta remisión de los pecados
que Dios nos ha dado viene dada por la voluntad de uno mismo de
creer en el Evangelio de Verdad. Pero si alguien rechaza la Palabra
de Dios y acepta las ideas de Satanás, no puede recibir el poder
del Evangelio del agua y el Espíritu ni obedecerlo.
Hay mucha gente en este mundo poseída por demonios.
Incluso entre los ministros, hay muchos que están poseídos, igual
que entre los líderes de las iglesias y mayores y diáconos.
Pero a los verdaderos discípulos de Jesús, nuestro
Señor les ha dado el poder de expulsar a los demonios. ¿Cómo les
ha dado ese poder? Nos ha revestido con este poder mediante la
fe que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si seguimos
predicando este Evangelio del agua y el Espíritu, y si los que
nos escuchan intentan entendernos y escucharnos, aunque les resulte
difícil, los espíritus malos se verán forzados a salir. Así que
si uno acepta el Evangelio del agua y el Espíritu recibe las bendiciones
de Dios y el don del Espíritu Santo.
Dios ha dado el poder de curar todas las enfermedades
espirituales a todos los que creen en la Palabra del Evangelio
del agua y el Espíritu. Nosotros, los que creemos en el poder
de este Evangelio, hemos recibido el poder de salvar a las almas
que mueren por causa de sus pecados y sus enfermedades espirituales,
y de curarlos de todas las debilidades de sus corazones. Cuando
predicamos la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu a la
gente, pueden librarse de todos los obstáculos de los malos espíritus.
Por permitirnos llevar a cabo esta tarea doy infinitas gracias
y gloria a Dios.
Los mandamientos que Jesús dio a Sus doce discípulos
Mateo 10, 2-4 enumera los nombres de los doce discípulos:
«Los nombres de los doce apóstoles son éstos: el primero, Simón,
llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo,
y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano;
Santiago, el de Alfeo, y Tadeo; Simón, el celador, y Judas Iscariote,
el que le traición».
¿Quién es el discípulo que nos resulta más familiar?
Probablemente sea Pedro. El segundo discípulo mencionado en el
pasaje es Andrés, hermano de Pedro. Los dos siguientes discípulos,
Santiago, el de Zebedeo y Juan, también eran hermanos. Y la lista
continúa: Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, quien escribió el Evangelio
según Mateo, Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el celador,
y Judas Iscariote. Pedro también era conocido como Simón, y había
otro discípulo cuyo nombre era Simón también. Simón era el nombre
original de Pedro, y el nombre de Pedro, que significa «roca»,
se lo dio Jesús. La razón por la que nuestro Señor dijo «Simón,
el hijo de Jonás», cuando se dirigió a Pedro, es que había otro
Simón, el cananita, entre Sus discípulos. Lo mismo ocurría con
Santiago; había dos discípulos llamados Santiago, y por eso se
les nombró junto el nombre de sus padres para diferenciarlos.
No lo sabemos todo sobre los doce discípulos de
Jesús. Sabemos mucho de algunos de los discípulos, pero no sabemos
casi nada de otros. Todo el mundo conoce a Pedro, porque se menciona
muchas veces en la Biblia. Su hermano Andrés aparece en el pasaje
de la Biblia que describe el milagro de los cinco panes y los
dos peces. El que trajo la comida del muchacho era Andrés. Y este
Andrés fue quien llevó a Pedro hasta Jesús.
Podemos leer sobre Juan en el Evangelio según Juan,
escrito por él mismo. También estamos familiarizados con el nombre
de Tomás, ya que este nombre es sinónimo que los escépticos, porque
Tomás no creyó que Jesús se hubiera levantado de entre los muertos
hasta que puso las manos en las manos de Jesús y vio las yagas
causadas por la crucifixión. El nombre de Mateo es también conocido;
era un recaudador de impuestos antes de nacer de nuevo como discípulo
de Jesús. Sin embargo no conocemos tanto a otros discípulos como
Bartolomé y Tadeo. Sabemos que también eran discípulos de Jesús,
pero no sabemos demasiadas cosas de su vida, ya que no hay mucho
escrito sobre ellos en la Biblia.
En el pasaje de hoy vemos que Jesús llamó a Sus
doce discípulos y los envió por todo Israel para predicar el Evangelio.
Les ordenó: «No vayáis a los gentiles ni penetréis en ciudad
de samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de
Israel» (Mateo 10, 5-6).
¿A qué se refiere con «los gentiles»? Se refiere
a los que adoran ídolos y creen en religiones falsas. Es bastante
inútil predicar a los que creen obcecadamente en sus ídolos.
Jesús también dijo a Sus discípulos que «no entraran
en la ciudad de samaritanos». ¿Por qué dijo esto? Los samaritanos
eran una raza mixta, descendientes de matrimonios entre israelitas
y tribus paganas. Cuando Jesús dijo a Sus discípulos que evitaran
Samaria, no lo dijo porque fueran una raza mixta, ya que esa no
es la base de su juicio, sino porque su religión era una mezcla
de varias religiones de aquella época. Espiritualmente hablando
los samaritanos simbolizan a los que creen en diferentes religiones
y que por tanto no pueden recibir el poder del Evangelio del agua
y el Espíritu. Como los gentiles que Jesús mencionó anteriormente,
los samaritanos también están saturados de su idolatría. E igual
que los gentiles, les es difícil recibir el Evangelio del agua
y el Espíritu.
¿Dónde envió nuestro Señor a Sus discípulos? Les
dijo que fueran a «las ovejas perdidas de Israel». ¿Quiénes son
las ovejas perdidas? Se refiere a los que no conocen el verdadero
Evangelio del agua y el Espíritu. Se pueden encontrar entre los
gentiles, los samaritanos y los israelitas. Las ovejas perdidas
de hoy en día son los cristianos que, aunque profesan su fe en
Dios, han perdido sus corazones y están desesperados porque no
pueden encontrar el Evangelio del agua y el Espíritu, y que a
pesar de ello, todavía buscan la verdad. Dios nos dijo que fuéramos
a esa gente. A esta gente debemos predicar el Evangelio del agua
y el Espíritu.
Si tuviéramos que predicar la Palabra de Dios a
un creyente devoto y leal de una religión del mundo diferente
a la verdadera fe en Dios, nuestros labios se cansarían y nuestros
corazones estarían frustrados. Estas no son las almas que buscan
a Dios, porque si estuvieran buscando a Dios, no encontrarían
alivio en ninguna religión falsa. Por eso debemos predicar este
Evangelio del agua y el Espíritu, el Evangelio de salvación, a
los que buscan la verdad. Y cuando hacemos esto, ellos serán salvados
de sus pecados por la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu,
serán curados de sus enfermedades espirituales y serán bendecidos
abundantemente por Dios.
A través del pasaje de las Escrituras de hoy, nuestro
Señor nos está enseñando a predicar el Evangelio del agua y el
Espíritu a todo el mundo. Por ejemplo los samaritanos, quienes
creían ciega y arbitrariamente en las enseñanzas de cualquier
religión en la que deseaban encontrar consuelo, no creerían en
el poder del Evangelio del agua y el Espíritu si se les predica.
Primero debemos hacerles ver lo vacías que son sus vidas, la realidad
del pecado y las consecuencias de este. Dicho de otra manera,
antes de sembrar la semilla del verdadero Evangelio, debemos arar
el campo de sus corazones. El Evangelio debería ser predicado
cuando nos pidieran que les ayudásemos a ser librados de sus pecados,
o por los menos cuando hubiera alguna indicación de que están
preparados para aceptar el Evangelio. Predicarles ciegamente es
inútil.
Al contrario, esta estrategia no tiene éxito y les
desvía de la verdad más aún. Los samaritanos de hoy en día dirían
simplemente: «Entiendo lo que quieres decir. Entonces debería
creer. Después de todo creo en cinco religiones, incluido en budismo
y el hinduismo, supongo que una religión más no me haría daño».
No debemos predicar el Evangelio a esta gente. Todo lo que hacen
tras escuchar el Evangelio es no darle ninguna importancia.
¿Entonces a quién debemos acercar el Evangelio?
A las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y cuando vayamos a
ellos, debemos decirles: «El reino de los cielos está cerca».
Debemos decirles que este mundo no es todo lo que hay, porque
el Reino de Dios vendrá a la tierra: «Si creen en el Evangelio
del agua y el Espíritu, serán salvados de todos sus pecados y
podrán entrar en el Reino de Dios. ¿Cuánto tiempo vivirán? ¿70
ó 80 años, como mucho 100? ¿Entonces no se deberían estar preparando
para la próxima vida?».
Jesús continuó diciendo a Sus discípulos: «Curad
a los enfermos». Mis queridos hermanos, ¿cuánta gente sufre
enfermedades en sus corazones? ¿Cuántas personas están saturadas
por sus pecados y viven como siervos de Satanás? Estas personas
están agobiadas por sus pecados y son los enfermos de los que
habló Jesús, los enfermos de espíritu. Debemos predicar el Evangelio
del agua y el Espíritu a esta gente y librarla de sus pecados.
¿Con qué podemos librarles de sus pecados? Mediante el poder del
Evangelio del agua y el Espíritu.
Nuestro Señor también dijo a Sus discípulos que
«limpiasen a los leprosos». La gente continúa pecando y
por ello son atormentados por sus acciones pecaminosas que no
pueden controlar. Debemos ayudarles a ser purificados de la lepra
del pecado de una vez por todas revistiéndolos con la justicia
de Dios, que es el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
Convirtiendo a los pecadores en gente sin pecado es el poder del
Evangelio del agua y el Espíritu. Mucha gente sufre lepra espiritual
y no puede curar la enfermedad del pecado por sí misma, por eso
nuestra llamada consiste en predicar el Evangelio del agua y el
Espíritu a los que quieren ser curados de esta enfermedad.
«Arrojad a los demonios». Cuando predicamos
el Evangelio del agua y el Espíritu los demonios malignos salen
de los corazones de la gente.
Jesús también dijo: «Gratis lo recibís, dadlo
gratis». Al creer en el poder del Evangelio del agua y el
Espíritu hemos sido librados de nuestros pecados gratis. Como
hemos recibido gratis este poder del Evangelio del agua y el Espíritu
de nuestros predecesores de la fe, nosotros también debemos darlo
gratis a otros. Nuestro propio interés no debe ser el motivo por
el cual predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu.
Me han dicho que, sobretodo en las iglesias evangelistas,
muchos líderes persiguen sus propios intereses y beneficios cuando
predican «su evangelio». En realidad su evangelio es diferente
al verdadero Evangelio. Por cierto, para algunos de ellos lo primero
es averiguar si un nuevo miembro en su congregación es rico o
pobre. Si es pobre, dejan que otra persona le predique el Evangelio,
pero si es rico o poderoso, lo quieren para ellos solos, prometiéndole
explicar el Evangelio personalmente y que nadie más interferirá.
¿Por qué hacen esto? Porque quieren controlarle y obtener su dinero.
Dicho de una manera más simple, le explican el Evangelio para
obtener ganancias.
¿Pero qué le dijo el Señor a esta gente? Les dijo:
«Gratis lo recibís, dadlo gratis». A través de nuestro Señor hemos
escuchado el Evangelio del agua y el Espíritu gratis, y al creer
en él, hemos recibido la remisión de nuestros pecados y los dones
de Dios, todos gratis. El Señor nos ha enseñado el poder del Evangelio
del agua y el Espíritu gratis, y cuando hemos creído en este poder
del Evangelio, nos ha revestido gratis en Su gracia y nos ha convertido
en hijos de Dios.
Ahora que hemos recibido este poderoso Evangelio
del agua y el Espíritu gratis de la mano de Dios, nuestro Señor
nos está diciendo que se lo demos a otros gratis. Debemos dale
este poder del Evangelio gratis a los que realmente necesitan
este Evangelio. En algunos casos nos querrán dar algo a cambio
para agradecernos el haberles hablado del verdadero Evangelio.
Podría ser una cena, un regalo, un favor o cualquier otro detalle
en agradecimiento. Pero debemos tener cuidado al responder a estos
gestos. Puede que lo hagan pensando: «Como he escuchado esta magnífica
verdad gracias a ustedes, haré algo por ustedes como gratificación».
Esta puede ser otra manera de decir que ya no quieren nada de
nosotros porque ya nos han compensado. «Me han dado algo bueno,
pero ¿no les di algo yo también? Así que no se metan en mi vida,
ni alardean delante de mí». Si es así como piensan, esto significa
que no quieren alimentarse de la fe.
Sin embargo aunque alguien haya escuchado y creído
en el Evangelio, si no es educado constantemente por sus predecesores
de la fe, su fe se marchitará. Lo importante es que debemos educar
a esta gente gratis, como Jesús nos dijo que hiciéramos, porque
hemos recibido de Dios gratis. Debemos obedecer este mandamiento,
y una vez lo hagamos, nos daremos cuenta del porqué. Así que si
alguien nos agradece el haberle ayudado a entender el verdadero
Evangelio, deberíamos decirle: «Hasta luego; compartiremos el
Evangelio contigo y te enseñaremos más», y debemos verle de nuevo
y seguir educándole en la fe. En otras palabras debemos guiarles
para que sus raíces se arraiguen en la Iglesia de Dios y para
que sean educados por sus predecesores en la fe, porque sólo así
sus almas vivirán.
Y debemos hacer todo esto gratuitamente sin esperar
nada a cambio. Si aceptamos algo sin tener cuidado, cuando esa
persona quiera dejar la Iglesia, lo hará sin pensarlo dos veces,
diciéndonos con orgullo: «He recibido algo de ustedes y yo les
he dado algo a cambio, por tanto he cumplido con mi obligación
moral». No debemos dejar que esto ocurra. Por eso debemos dar
gratis, porque hemos recibido gratis.
Estamos difundiendo el Evangelio del agua y el Espíritu
por todo el mundo. Al recibir gratis el poder de este Evangelio
de la mano de nuestro Señor, cumplimos nuestra tarea como siervos
Suyos al compartir el poder del Espíritu Santo gratis con los
demás. Darles gratis es lo correcto. Aunque nuestro Señor dijera
que un árbol se conoce por sus frutos, es irritante que algunos
miembros de nuestra misión nos hayan pedido demasiado dinero por
sus servicios. Seguramente no se pueden imaginar lo fielmente
que el personal de la New Life Mission se dedica al Evangelio
del agua y el Espíritu. Pero somos diferentes. Como hemos recibido
gratis del Señor, nosotros no pedimos dinero, ni pedimos nada
a cambio, sino que damos gratis y servimos al Evangelio día a
día obedeciendo el mandamiento del Señor.
En el versículo 9, Jesús dijo: «No os procuréis
oro, ni plata, ni cobre para vuestros cintos, ni alforja para
el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el
obrero es acreedor a su sustento». Los cintos son las billeteras
actuales, y el oro y la plata simbolizan el dinero. Antiguamente
no había billetes, sólo hasta hace poco el dinero empezó a imprimirse
en papel. Antiguamente las conchas se utilizaban como moneda,
y más tarde, en los tiempos de Jesús, se hacían monedas con metales
preciosos. Así que básicamente, en el versículo 9 Jesús les dijo
a Sus discípulos que no llevaran dinero en sus billeteras. También
les dijo que no llevarán una bolsa para el camino, ni dos túnicas,
ni sandalias, ni bastón. En otras palabras, los discípulos no
debían llevar lo que consideramos básico para un viaje.
¿Cómo debemos entender este pasaje? ¿Significa esto
que mientras predicamos el Evangelio de Dios por todo el mundo
no debemos llevar ni dinero, ni las cosas necesarias para el viaje?
Esto no es lo que Jesús quiso decir. Lo que quiso decir es que
si somos obreros de Dios y nos dedicamos enteramente a servirle,
es totalmente comprensible que prediquemos la Verdad del Evangelio
del agua y el Espíritu gratis, sin esperar nada a cambio, porque
es Dios el que satisface nuestras necesidades. Es normal que los
siervos de Dios sean alimentados y vestidos por Dios, y que todas
sus necesidades sean satisfechas por Él. No procede que busquemos
estas cosas y las tomemos para nosotros y para los demás, sino
que es Dios quien alimenta y viste a Sus obreros. Esto es lo que
significa el versículo 9.
Los que quieren dedicar sus vidas a difundir el
Evangelio pueden predicar el Evangelio del agua y el Espíritu
por todo el mundo con sus propios recursos, tal y como Pablo hizo.
Pablo, que construía tiendas de campaña, financió su ministerio
con su trabajo y sudor. Lo que Jesús nos dice en el versículo
9 es que si nos dedicarnos completamente a hacer la obra de Dios
y vivir por Su justicia, Dios nos alimentará, nos vestirá y nos
dará un techo. Podemos vivir completamente de Dios, porque el
Señor nos da todos lo que necesitamos. No nos está diciendo aquí
que no llevemos una túnica de recambio cuando demos testimonio
del Evangelio, sino que dediquemos nuestras vidas y nos entreguemos
totalmente a Él, porque el nos dará todo lo que necesitemos si
lo hacemos. Nos está diciendo: «Si os dedicáis a hacer Mi obra,
os alimentaré y os vestiré, y os daré todo lo que necesitáis.
Así que vivid así: servid a Dios, predicad el Evangelio, y dedicaos
a difundir el Reino de los Cielos».
Averiguad quién merece que se le predique el
Evangelio del agua y el Espíritu
En el versículo 11, Jesús dijo: «En cualquiera
ciudad o aldea en que entréis, informaos de quién hay en ella
digno y quedaos allí hasta que partáis». Antiguamente muchos
salían de viaje para evangelizar, sin dinero, simplemente confiando
en lo dicho en este pasaje. Por supuesto esto no sería nada malo
como curso preparatorio para los obreros de Dios, porque aprenderían
mucho de la experiencia y sobre Su ayuda.
En el contexto de hoy en día este pasaje nos está
diciendo que debemos encontrar a los que merecen que se les predique
el Evangelio del agua y el Espíritu. No debemos acercarnos a cualquiera
y empezar a predicar el Evangelio. Cualquiera que predique debe
saber como diferenciar e la gente en toda circunstancia. La primera
pregunta que debemos hacernos es: «¿Aceptaría este hombre el Evangelio
del agua y el Espíritu? ¿O sólo va a malgastar mi tiempo?». El
Evangelio debe ser predicado a los que lo merecen.
Las necesidades de los discípulos eran satisfechas
por esta gente. Como los discípulos salían sin nada, se hubieran
muerto de hambre si nadie les hubiera dado comida o un techo bajo
el que dormir. Pero Dios prometió que daría de comer a todo el
que hiciera Sus obras. Por eso les dijo que buscaran a los que
merecían que se les predicase el Evangelio, porque ellos les darían
lo que necesitaran.
Jesús continuó diciendo: «Y entrando en la casa,
saludadla». El Señor nos ordenó que rezásemos por la paz en
la casa en la que entrásemos a compartir el Evangelio. Si nuestra
paz es rechazada, la paz volverá a nosotros. Si la casa merece
recibirle, Dios la bendecirá y la protegerá. Este pasaje es la
Palabra que promete que si la gente y los siervos de Dios llegan
a una casa, rezan por su paz y sus miembros la aceptan con fe,
Dios traerá paz a esa casa.
Jesús también dijo: «Si no os reciben o no escuchan
vuestras palabras, saliendo de aquella casa o de aquella ciudad,
sacudid el polvo de vuestros pies». Si hablan a alguien sobre
la Palabra de verdad de Dios y esa persona no la acepta, nuestro
Señor les dice que sacudan el polvo de sus pies y se vayan. No
hace falta que digan nada más a esta gente que rechaza la Palabra
de Dios. A estos les aguardan plagas desastrosas que son tan terroríficas
que el día del juicio sobre Sodoma y Gomorra no es nada comparado
con ellas. Esta gente será condenada por cada uno de sus pecados.
Cuando el Señor envió a Sus discípulos a dar testimonio
del Evangelio, dijo: «Os envío como ovejas en medio de lobos».
Nuestro Señor dijo esto porque estaba enviando a Sus discípulos
a un mundo malvado. Por eso añadió: «Sed, pues, prudentes como
serpientes y sencillos como palomas». Ahora podemos entender
lo que nuestro Señor quiso decir. El pueblo de Dios es puro e
inocente, pero este mundo está lleno de impíos, ladrones, mentirosos
y malvados. Debemos rezar siempre. Ustedes también deben rezar,
y los mayores en la fe deben rezar con fe por el rebaño. Este
es el principio básico del alimento de la fe, y el ejemplo que
debemos dar a los jóvenes creyentes.
¿Tienen muchos problemas y preocupaciones? ¿Sus
corazones están abrumados? Entonces oren a Dios. Orar a Dios es
pedir al Señor que se lleve todas nuestras preocupaciones, y ser
librados de ellas cuando creemos que el Señor se ocupará de nuestros
problemas. La Biblia nos promete que si oramos a Dios sin cesar
y en todo momento, Su paz, que transciende toda lógica, mantendrá
nuestros corazones y nuestras mentes en Jesucristo (Filipenses
4, 7).
Si confiamos en el Señor y oramos podemos superar
todos nuestros problemas
Si estamos preocupados, debemos orar a Dios con
confianza. El Señor responderá a nuestras oraciones sin duda alguna,
nos dará paz y resolverá nuestros problemas. Por eso debemos rezar
en todo momento y sin cesar (1 Tesalonicenses 5, 17).
Predicar el Evangelio del agua y el Espíritu no
es fácil. La habilidad de expresar bien el Evangelio no es suficiente,
sino que se debe vivir sabiamente con fe y dedicarse enteramente
al Evangelio, lo que hace más difícil la tarea de difundir el
Evangelio. Si los justos no rezásemos a Dios, perderíamos nuestras
fuerzas, nuestro poder se marchitaría y todo se deterioraría.
Debemos cuidar los unos de los otros, ayudarnos y rezar por los
demás para poder servir al Evangelio con lealtad. Cuando vivimos
con confianza en Dios y cumplimos nuestro papel de difusores del
Evangelio, nuestras oraciones deben acompañarnos en todo momento.
Mis queridos hermanos, ahora que han sido librados
de sus pecados al creer en la Palabra del Evangelio del agua y
el Espíritu, ¿todavía se preocupan de cómo van a vivir y cómo
van a atar cabos sueltos? Entonces me gustaría decirles que pensaran
en Lázaro, el mendigo. Lázaro era un indigente que vivía en la
puerta de un hombre rico para poder comer las sobras de la mesa
del hombre rico. Pero aunque vivía esta vida miserable en este
mundo, cuando murió fue recibido por Abraham y bienvenido en el
Cielo según su fe. Sin embargo todo lo que le esperaba al hombre
rico que vivió una vida llena de lujos en este mundo, era el sufrimiento
eterno, el llanto causado por la sed que esperaba una sola gota
de agua.
Mis queridos hermanos y hermanas, es normal que
nos preocupemos por lo que habremos de comer y vestir, incluso
tras haber recibido la remisión de los pecados. La Biblia nos
dice: «Teniendo con qué alimentarnos y con qué cubrirnos, estemos
con esto contentos» (1 Timoteo 6, 8). Si deciden vivir sus
vidas por el Señor y confiar en que Él satisfaga todas sus necesidades
básicas, no tienen nada de que preocuparse. Sin embargo cuando
intentan vivir sus vidas por sí mismo, se encontrarán muchas preocupaciones.
Esto se debe a su avaricia por las cosas de este mundo.
Pero una vez abandonamos nuestra avaricia, una vez
decidimos contentarnos con lo que el Señor nos da para servir
al Evangelio, una vez dedicamos nuestras vidas a servir la obra
de Dios sin ser distraídos por el materialismo de este mundo,
y una vez decidimos no comprometernos con este mundo, podemos
vivir libres de toda preocupación. Pero si nuestros corazones
desean las cosas de este mundo, no podemos vivir nuestra fe correctamente,
porque estamos llenos de preocupaciones. Entonces, ¿qué pasaría
si siguiésemos preocupándonos por qué comer o qué ropa llevar
y cómo satisfacer nuestras necesidades? Nuestras preocupaciones
crecerían más y más hasta asfixiar nuestra fe y hacernos dejar
la Iglesia.
Mis queridos hermanos cristianos, no puedo expresar
lo importante que es rezar en todo momento. Hay muchas cosas por
las que rezar, y hay muchas cosas que debemos hacer por Dios.
¿No es así? Puede parecer que una vez hemos hecho algo ya hemos
terminado nuestra obra, pero todavía hay más cosas que hacer y
tareas que completar. Acompañados de nuestras oraciones incesantes,
todos nosotros debemos hacer estas obras con lealtad.
Por ejemplo, la publicación de nuestros libros es
un proceso en desarrollo que requiere la dedicación de muchas
personas, no sólo mi trabajo. El Evangelio del agua y el Espíritu
no se predica por una sola persona, sino por todos los que creen
en él y son fieles al mandamiento de nuestro Señor que nos ordenó
difundirlo hasta los confines de la tierra. Para escribir estas
palabras y ponerlas en libros, mucha gente debe estar detrás rezando
por este ministerio, aportando recursos materiales para pagar
los gastos, y dedicándose a esta tarea. Debemos rezar por todos
ellos, por su salud, por su bienestar, por su fe, para que Dios
les proteja y el Evangelio del agua y el Espíritu siga floreciendo
por todo el mundo y llegue a todos sus rincones. Debemos rezar
por nuestros compañeros, nuestros hermanos y hermanas, nuestros
trabajadores, por las almas, por nuestras circunstancias: hay
muchas cosas por las que rezar y muchas necesidades que se pueden
satisfacer mediante la fe. Está claro que estas necesidades deben
ser satisfechas por Dios a través de nuestras oraciones y el poder
de nuestra fe.
Si predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu
y lo servimos mientras vivamos, y si sus necesidades básicas quedan
cubiertas, ¿qué más se puede pedir? Debemos vivir con un corazón
contento y una fe firme. El haber recibido la remisión de nuestros
pecados y el que nuestras necesidades estén cubiertas, son razones
de peso para dar gracias a Dios una y otra vez. Si no perseguimos
las cosas de este mundo y si nos contentamos con tener comida
y ropa, este mundo es más que suficiente para nosotros, los obreros
de Dios.
Lo que debemos recordar es que además nuestro Señor
dijo: «Porque el obrero es acreedor a su sustento». Esto
significa que debemos dedicar nuestras vidas a la obra de Dios,
porque El nos alimentará y nos vestirá, y cubrirá todas nuestras
necesidades. Es justo que recibamos y nos alimentemos de lo que
Dios nos da. Esto es lo que significa este pasaje.
Si nos preocupamos por cosas de este mundo, ¿qué
explicación tiene? ¿Por qué se preocupan por las cosas del mundo?
Se preocupan porque no quieren que los demás se rían de ustedes.
Pero esto es una reflexión de nuestros deseos carnales. En otras
palabras, los deseos de nuestra carne hacen que nuestras almas
estén abrumadas por las preocupaciones de este mundo. Se preocupan
porque quieren más de lo que necesitan para vivir cuando en realidad
todo lo que deben hacer es satisfacer sus necesidades básicas,
seguir con sus vidas de fe, y servir al Evangelio. Los deseos
carnales son la raíz de todas sus preocupaciones. Si insisten
en que quieren vivir mejor que sus amigos, que deben ser mejores
que los demás y si se comparan constantemente con otros, ¿no es
cuestión de tiempo que surjan otras preocupaciones? Uno se preocupa
por qué comer, qué llevar puesto, cómo atar cabos, porque mantienen
su deseo por las cosas del mundo.
Sinceramente yo no me preocupo de los que comeré
o beberé. Pero antes no era así. Antes yo también me preocupaba
por las cosas de este mundo, pero ahora mi mente se ha transformado
completamente. Mis preocupaciones han cambiado. Antes me preocupaba
por mí mismo, pero ahora me preocupo por los demás. Soy un hombre
feliz gracias al Evangelio del agua y el Espíritu.
Los obreros de la fe que sirven al Evangelio del
agua y el Espíritu no se preocupan de las cosas de este mundo.
En realidad los que vivieron vidas de fe en Dios vivieron sólo
por Su justicia.
Y cuando predicamos el Evangelio a alguien, debemos
averiguar si esta persona está buscando la verdad, y si es así,
debemos decirle que sólo debe preocuparse por no estar preparado
para la próxima vida. Y cuando demos nuestra explicación sobre
la vanidad de nuestras vidas hasta el juicio final, los buscadores
de la verdad nos escucharán con los oídos bien abiertos. Entonces,
si predicamos la Verdad del Evangelio a estas almas preparadas,
la aceptarán con fe y se convertirán en hijos de Dios.
Cuando prediquen el Evangelio a una persona, no
lo hagan de una sola vez. Por supuesto a veces es inevitable pero
no es lo más indicado para salvar a la gente común. Se necesita
sabiduría para predicar el Evangelio.
El pasaje de las Escrituras de Mateo 10, 1-16, en
el que Jesús envió a Sus discípulos para dar testimonio del Evangelio
se cumple en nosotros mediante la fe.
¿Tienen problemas o ansiedades? Entonces, oren a
Dios con la fe que cree en Su Palabra. Los problemas y las ansiedades
surgen cuando no rezamos a Dios para que nos ayude. Deben creer
en Él mientras rezan con fe. Entonces El responderá sus plegarias.
Debemos vivir con fe en la Verdad de Dios, el Evangelio
del agua y el Espíritu. Y no puedo estar suficientemente agradecido
a Dios por habernos permitido curar las enfermedades espirituales
de la gente al darnos el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
¡Aleluya!